7| Siete cualidades que crean un ambiente de paz

De lo que abunda en el corazón, habla la boca.

Lumbrera

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros. (‭Filipenses‬ ‭4‬:‭8-9‬)

-Loverdaderoes la «veracidad» ética.
-Lohonestoes lo «noble», digno de respeto.
-Lojustose refiere a dar a las personas lo que merecen.
-Lopuroes aquello santo en relacion a Dios.
-El término paraamablesolo se menciona en este versiculo del NT y significa «atractivo».
-De buen nombretambién se utiliza unicamente en este punto del NT y quiere decir encomiable.
-Virtudse refiere a la excelencia moral.
Laalabanzaconsiste en ensalzar a Dios.El Dios de pazcompleta «la paz…

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La obra de Dios en mi vida (Testimonio personal)

Quizás no es tan común encontrar este tipo de escritos en un medio como éste; pero, siendo mi primera entrada, dejaré en claro quién es la persona que estará escribiendo por el tiempo que Dios le permita en este medio.

Para comenzar, diré que la religión no salva. La religión es imperfecta, un invento más del hombre para limitar la identidad de Dios. A pesar de esto, Cristo consideró a la iglesia como su prometida, se entregó a sí mismo por ella porque la amó a pesar de su infidelidad y su mal andar. La máxima muestra de amor incondicional e inmerecido que existe. ”Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella.” – Efesios 5:25.  Debido a ésto, debo decir que más que religión, pertenezco al cuerpo de Cristo; conformado por todos aquellos que hemos sido rescatados del pecado, redimidos por la sangre del Cordero de Dios y salvos sólo mediante la fe en Él. En otras palabras, soy creyente nacida de Dios en una iglesia Cristiana – Evangélica. 

Si pudiera describir en una palabra la obra de Dios en mi vida sería ”Paciencia”. Sí, Dios ha sido realmente paciente conmigo, pero lo explicaré más adelante. Nací hace un poco más de 20 años, en la ciudad de Bogotá en Colombia, pero por voluntad de Dios me registraron en la ciudad de Cartagena, de donde es la mayor parte de mi familia. Para los que no saben, ambas ciudades son totalmente diferentes; Cartagena es calor, mar y champeta. Bogotá es un manto de sabana, papa y frío. Ya se imaginarán entonces el contraste cultural que soy.

Después de atravesar en siete años, una niñez tranquila en la ciudad de Bogotá, a mi padre lo trasladaron por su trabajo a la ciudad de Barranquilla, ciudad hermana de Cartagena ya que está a tan sólo unas dos horas de distancia y porque también son muy afines culturalmente. En Barranquilla mis padres encontraron la verdad en Cristo, por lo tanto tuve la oportunidad de escuchar por primera vez de Él. Al cabo de un año nos trasladamos por segunda vez, ahora sí a Cartagena, la ciudad que Dios había preparado para formar gran parte de mi carácter.

En Cartagena terminé de desarrollarme como niña y como adolescente. Hubo un gran choque en mi identidad espiritual debido a la religión a la que pertenecía mi familia y la religión que se practicaba en mi institución educativa. Fueron casi nueve años en los que escondí mi fe, me avergonzaba sentirme diferente por lo que creía. En esos nueve años mis padres trataron de enseñarme la Palabra de Dios, y aunque conocía mucho de ella para la edad que tenía, el Espíritu Santo aún no me había convencido de pecado, de juicio y de justicia. Ni siquiera puedo decir que crecí como una farisea (aquellas personas eruditas en la Palabra de Dios que al menos se enorgullecían en creerse de Dios). Definitivamente era peor que eso. Mi temor era a la soledad, creía que perdería a mis amistades por ser una ”aleluya”, como le dicen vulgarmente acá en Colombia a los cristianos evangélicos. Así que por más de nueve años, tuve una doble vida; aparentando ser alguien completamente distinto en el colegio y en la iglesia.

En la iglesia a los once años ingresé al grupo de danza, duré un poco más de cuatro años, en ese entonces aprendí muchas cosas tanto técnicas como espirituales pero, ¡Caramba!, aún el Espíritu Santo no me confrontaba. En el colegio, aunque irónico, fue que Dios me hizo descubrir el verdadero llamado a su ministerio: La música. Durante tres años hice parte del coro, conocí la música más de cerca y descubrí que mediante ella Dios podía ser exaltado, así que traté de aprender mucho sobre el manejo de mi voz, color y rango. Participé en muchos concursos musicales en los cuales siempre salía victoriosa, pero eso no fue tan bueno después de todo, disparó mi orgullo hasta las nubes y alejó mi corazón del verdadero modelo de un adorador.

Mi vida universitaria no fue diferente, incluso fue peor. La doble vida continuó, el pecado se arraigó más y las cadenas que me sujetaban eran cada vez más fuertes. La música la saqué por completo de mi vida, asistí a muchas iglesias con el fin sólo de satisfacer a mis padres mientras que en la universidad me convertí en una mujer totalmente contraria a la de Proverbios 31. El área en la cual el pecado tomó más campo fue en la sentimental, me enamoré por primera vez  de un chico unos seis años mayor que yo, este joven lo conocí precisamente en la universidad, quizás en otra entrada pueda escribir un poco más en detalle lo que él significó en mi vida. Por ahora sólo puedo decir que este joven se puede comparar al fruto prohibido que Eva comió en desobediencia a Dios en el huerto del Edén. ‘‘Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” – Génesis 3:5.  Este chico abrió mis ojos a una vida de pecado desmedido, el poco temor de Dios que quizás tenía, se había ido completamente.

Fue una relación tormentosa. El era un joven con un modo de vida hedonista, pero como era inexperta en las cosas del amor, me enamoré y sufrí después de que la relación que teníamos se terminara porque a pesar de que vivía en pecado y me creí enamorada, no accedí a darle mi cuerpo. Hoy veo la gracia de Dios en ese capítulo de mi vida. Después de haber caminado en la oscuridad, alejada de Él, habiéndolo negado muchas veces, Él me protegía.

La decepción que tuve después de esa primera relación, abrió paso al desfile de hombres en mi vida. Fueron casi tres años en los cuales decidí salir con muchos chicos sin comprometerme con ninguno, tenía temor de que alguno se atreviera a exigirme sexo, sólo por el hecho de llamarme su novia. Me divertí con varios, creo que mensualmente salía con uno diferente, me aterraba la idea de quedarme sola en casa un fin de semana. Así que me dejé abrazar del pecado mediante el alcohol, las fiestas, la vida superficial y la búsqueda frustrada de encontrar el verdadero amor en alguno de los sujetos que conocía en bares e incluso por las redes sociales.

A mis veintidós años estaba lo suficiente vacía y al mismo tiempo extasiada de tantas decepciones, de la lucha que tenía entre lo que aparentaba ser y lo que quería ser. Llegó una noche en que la soledad me envolvió tan profundamente y las muchas amistades que al final no existían, que sólo estaban para mí si estaba disponible los fines de semana en la noche para ir a rumbear y embriagarme hasta que amaneciera. Oré por primera vez a Dios y le dije: ”O me vuelvo verdaderamente a ti o definitivamente me pierdo para siempre en el pecado”. El Espíritu Santo había comenzado su obra en mi vida.

Después de un proceso de varios días en los cuales sentía que Dios no podía ser tan maravilloso de perdonarme sólo por aceptar mis pecados y creer en que Cristo era el Único que podía salvarme, me di cuenta que la que aún no se perdonaba era yo. El haber negado la fe desde muy pequeña, habiendo durado tantos años tan cerca de una iglesia pero al mismo tiempo tan lejos de Dios, conociendo Su Palabra pero pisoteándola cada vez que podía, era algo por lo cual me sentía totalmente indigna delante de Él. Es cierto que cometí pecados en contra de mí misma y en contra de la iglesia de Cristo, e incluso de mi padres, pero el pecado que más me pesaba era aquél que había cometido en contra de la persona de Cristo y de su obra redentora aquí en la tierra.

Actualmente, después de haber pasado dos años desde que Cristo ha llegado a mí vida he sido tentada muchas veces, he caído algunas, pero Dios me ha levantado en todas. Ahora sé que sólo mediante su fuerza puedo mantenerme de pie viviendo la vida que le agrada a Él, conforme al propósito por el cual fui llamada. Hoy en día sirvo a Dios en mi iglesia a través de mi voz, Él  ha cambiado mi corazón por uno de carne. El orgullo que antes me ocasionaba el talento que tenía ahora lo utilizo para la gloria de Él, y aunque ministrar el corazón de Dios me ha edificado grandemente lo único que ha llenado el vacío de mi alma ha sido su presencia, ahora que encontré la verdad en Cristo me siento realmente libre, completa y con una identidad segura en Él.

Querido lector, la intención de mi escrito es mostrar que más allá de una religión. Dios es Dios, no se puede comparar a nada creado por el hombre. La obra que ha hecho Él en mi vida no podría negarla porque sencillamente nadie cambia permanentemente sino sólo mediante un poder externo y sobrenatural, aquél que sólo puede provenir del creador de todas las cosas, Dios.

”Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna” – Juan 3:16